No hay un precio único, y cualquiera que te dé una cifra sin preguntar nada te está vendiendo una plantilla. El coste de una aplicación a medida depende de decisiones concretas que se toman antes de empezar, y todas se pueden ajustar para que el proyecto entre en tu presupuesto.
Lo primero que manda es el alcance de la primera versión: cuántos procesos entran, cuántos tipos de usuario hay y cuántas pantallas necesita cada uno. Un panel interno para un equipo de cinco personas no cuesta lo mismo que un portal con clientes externos, permisos por empresa y facturación dentro.
Lo segundo son las integraciones. Conectar la aplicación con tu calendario o tu correo es rápido; conectarla con un ERP antiguo que no tiene API documentada lleva bastante más trabajo. Lo tercero es el tratamiento de datos: si manejas información sensible, hay que montar roles, registro de accesos y copias con más cuidado, y eso también se paga en horas.
Nuestra forma de controlar el coste es siempre la misma: recortar el alcance, no la calidad. Se define la versión mínima que ya te ahorra tiempo, se pone en marcha y se amplía por fases con precio cerrado en cada una. Así ves resultados antes y decides cada siguiente paso con la herramienta ya funcionando, no con un presupuesto teórico.